Tuesday, February 4, 2025

Romanos 7:7-13 La ley y el pecado

 

La ley y el pecado

Romanos 7:7-13

 

Objetivo: Apreciar la SANTA, JUSTA Y BUENA LEY de nuestro gran Dios, en el conflicto del cumplimiento completo de su propósito.

 

Versículo a memorizar: De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno. Romanos 7:12

 

Introducción: Pablo enseñó que antes estábamos esclavizados al pecado, pero al morir con Cristo hemos sido liberados de la ley y ahora servimos a Dios con un corazón transformado.

 

Para explicar este concepto, usó la ilustración del matrimonio: así como la muerte de un esposo libera a la esposa de la ley matrimonial, nuestra muerte con Cristo nos libera del dominio de la ley. La ley solo tiene autoridad sobre los vivos, pero cuando morimos en Cristo, su condenación ya no nos afecta.

 

Antes, nuestras acciones llevaban a la muerte porque la ley revelaba el pecado sin poder cambiar el corazón. Sin embargo, ahora, por la obra de Cristo, llevamos fruto para Dios en santificación. Este fruto se refleja en un carácter transformado, obediencia a la justicia y amor al prójimo.

 

Ya no buscamos obedecer la ley para justificarnos o por temor a la condenación, sino con amor y bajo la guía del Espíritu Santo; ya no vivimos bajo un sistema de reglas externas, sino que servimos a Dios con un corazón regenerado, guiados por el Espíritu, con el propósito de llevar fruto para Dios.

 

Desarrollo:

7 ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado (La Ley de Dios es pecaminosa)? En ninguna manera (¡Claro que no!). Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.

¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? Pablo ha estado explicando como nuestro viejo hombre ha muerto a la condenación de la ley, pero como ha usado frases como; “Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom 5:20), “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Rom. 6:14), y “de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra” (Rom. 7:6), se anticipa a una posible mala interpretación que alguien le pudiera dar a sus palabras pensando que, si la ley nos condenaba, entonces la ley es mala en sí misma, por tanto, la ley es pecado.

 

En ninguna manera. Por lo que Pablo niega categóricamente esta idea con su ya clásica expresión en griego μὴ γένοιτο <mē genoito>, con el que quiere expresar una fuerte negación a una idea equivocada, en un rechazo absoluto o repudio a tal idea, Algunas traducciones que intentan reflejar la fuerza de esta expresión la traducen como: "¡Por supuesto que no!", "¡Jamás!", "¡Que nunca sea así!", "¡Dios no lo quiera!", "¡Imposible!"

 

Pero yo no conocí el pecado sino por la ley. La ley no es pecado, sino que tiene la función de revelar el pecado en el hombre como Pablo ya había dicho en Romanos 3:20 a que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado, y en Romanos 5:20 Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia, y que una vez que nos muestre que somos pecadores, nos damos cuenta de la necesidad de un salvador, la Ley lleve a cabo su propósito final que es el de llevarnos a Cristo como dice Gálatas 3:24 De manera que la ley ha sido nuestro ayo (guía), para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe.

 

Porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Pablo elige el décimo mandamiento, el de  “No codiciarás” (Éx. 20:17) como ejemplo para demostrar que el pecado no es solo una cuestión externa de conducta, sino también de deseos internos. Los otros nueve mandamientos regulan acciones externas, acciones visibles que se pueden juzgar y castigar socialmente; sin embargo, la codicia es completamente interna, un deseo oculto en el corazón, que puede existir sin que nadie lo note.

 

La palabra "codicia" viene de la palabra griega Strong 1939 <epithumía>, que significa un deseo ardiente, o un anhelo desordenado. Ese deseo desmedido puede ser a tener poder, placeres, reconocimiento, bienes materiales, relaciones prohibidas, etc.,

 

Ese deseo desmedido nos hace sentir insatisfechos con lo que Dios nos ha dado y nos impulsa a buscar complacerlo sin importar las consecuencias, y es cuando se vuelve la raíz de muchos pecados como; adulterio, idolatría, envidia, engaño, etc.

 

Adán y Eva codiciaron ser como Dios y cayeron en pecado (Gn. 3:6). Los hermanos de José codiciaron el trato especial que Jacob le daba, al grado de envidiarle, aborrecerle y venderle (Gn. 37:11). Acán codició posesiones y tomó un manto babilónico, monedas de plata, y un lingote de oro, en abierta desobediencia a lo que Dios les había dicho y trajo juicio sobre él y sobre el pueblo de Israel (Jos. 7:20-21). El Rey David codició placer y se unió a Betsabé, cometiendo adulterio y posteriormente asesinato (2 Sam. 11:2-4). Absalón codició poder, quería el reinado de su padre David, se rebeló y se autoproclamó rey (2 Sam. 15-13-14).

 

8 Mas (Pero) el pecado, tomando ocasión por (usó, aprovechó) el mandamiento, produjo (despertando) en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto (no tendría poder).

Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia. Pablo presenta al pecado como una fuerza activa y engañosa que se aprovecha de los mandamientos para provocar a nuestra naturaleza pecaminosa para incitarla a pecar.

 

Como si la Ley fuera un cartel de "No tocar", y el pecado nos enseña ese cartel como una provocación, sabiendo que nuestra humanidad rebelde codiciará; es decir, deseará desmedidamente hacer lo prohibido.

 

Este efecto lo vemos desde el Génesis, Dios les dio a Adán y Eva una sola prohibición: "No comerás del árbol del conocimiento del bien y del mal" (Gn. 2:17). Satanás usó esa prohibición como una provocación diciéndoles "Seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal" (Gn. 3:5). Eva codició lo prohibido (Gn. 3:6), mostrando que la Ley (el mandamiento de Dios) no la libró del pecado, sino que despertó el deseo de desobedecer .

 

Porque sin la ley el pecado está muerto. Esto no significa que el pecado no exista sin la Ley, sino que sin la Ley no somos plenamente conscientes de nuestra condición pecaminosa.

 

El pecado ya está en nosotros por naturaleza como dijo David en el Salmo 51:5 He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre, y como lo dice Pablo en Efesios 2:3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás, la Ley lo único que hace es que revela el pecado y lo hace evidente en nosotros.

 

9 Y yo sin la ley vivía en un tiempo (Hubo un tiempo en que viví son entender la ley); pero venido el mandamiento, el pecado revivió (cobró vida) y yo morí (me di cuenta que era pecador).

Pablo describe ahora su experiencia personal con la Ley y cómo esta lo llevó a darse cuenta de su muerte espiritual.

 

Y yo sin la ley vivía en un tiempo. Pablo no está diciendo que alguna vez estuvo completamente sin la Ley, ya que era judío y conocía la Ley desde niño, el mismo dio testimonio de eso cuando dijo que había sido “circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín” (Fil. 3:5a).  Pablo se refiere a un tiempo en su vida en el que no comprendía realmente la profundidad de la Ley y no se veía a sí mismo como pecador, sino que se veía como “hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible (en obediencia al pie de la letra)” (Fil. 3:5b-6).

 

Pero venido el mandamiento, el pecado revivió. Cuando Pablo comprendió el verdadero propósito de la Ley, se dio cuenta de que era pecador. La palabra griega para "revivió" viene de la palabra griega Strong 326 <anézaó>, que significa “cobrar vida, volverse activo nuevamente", lo que implica que el pecado siempre estuvo allí, pero la Ley lo hizo evidente y lo intensificó.

 

Y yo morí. Antes de comprender la Ley, Pablo se veía justo. Pero cuando entendió la Ley en su verdadera profundidad, que la Ley no podía salvarlo, sino que, por el contrario, lo condenaba, se dio cuenta de que estaba muerto espiritualmente en pecado.

 

10 Y hallé (Entonces me di cuenta) que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte;

Aunque la ley de Dios fue dada para guiarnos a la vida como dice el Salmo 19:7-8 7La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. 8Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos, nos termina condenando porque nadie puede cumplirla perfectamente. De la misma manera que Dios les dio un mandamiento a Adán y Eva para vida, pero su desobediencia trajo muerte (Gn. 2:16-17). Por lo que podemos concluir que el mandamiento no es malo, el problema es el pecado habita en nosotros, no es sino hasta que tenemos vida espiritual que podremos decir las palabras del salmista en el Salmo 119:97 ¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación, y en el Salmo 119:103 ¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca.

 

11 porque el pecado, tomando ocasión por (usando, aprovechando) el mandamiento, me engañó, y por él me mató (me alejó de Dios).

Pablo relata su experiencia personal. Antes de su encuentro con Cristo, él creía que su cumplimiento estricto de la Ley lo hacía justo delante de Dios. Sin embargo, esa era una mentira del pecado. El pecado lo había engañado haciéndole creer que su religiosidad externa y su moralidad eran suficientes para obtener la salvación. El mismo se confesaba que en cuanto a la ley era “irreprensible”; es decir que, según los estándares humanos y religiosos, nadie podía señalarlo por no cumplir la Ley.

 

La estrategia del pecado es el engaño: Pablo pensaba que su linaje, educación, celo religioso y comportamiento moral eran suficientes para estar en paz con Dios. El pecado lo había convencido de que su auto-justicia era la clave de su salvación.

 

Pablo creía que estaba espiritualmente vivo, sin embargo, cuando el Espíritu Santo abrió sus ojos (especialmente después de su encuentro con Cristo en Hechos 9), pudo comprender la verdadera profundidad de la Ley. El mandamiento "No codiciarás" (Rom. 7:7) le mostró que la Ley no solo regulaba comportamientos externos, sino que juzgaba las intenciones del corazón, que el pecado no es solo una acción externa, sino una actitud interna del corazón y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba muerto espiritualmente. Por eso, una vez que conoció a Cristo, pudo escribir Filipenses 3:7-9 7Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. 8Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, 9y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe.

 

Este mismo principio lo encontramos en Isaías 64:6 Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.

 

De manera similar a lo que le ocurrió a Pablo, el joven rico se acercó a Jesús con la pregunta: "¿Qué bien haré para tener la vida eterna?" (Mt.19:16). Su enfoque estaba en hacer algo para obtener la salvación, confiando en sus propias obras.

 

Jesús le respondió que debía guardar los mandamientos, y mencionó varios de ellos relacionados con acciones externas: "No matarás, no cometerás adulterio, no hurtarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt. 19:18-19). Sin embargo, Jesús omitió intencionalmente el mandamiento interno: "No codiciarás."

 

El joven, seguro de su cumplimiento externo, respondió: "Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?" (Mt. 19:20). Aquí es donde Jesús confronta su corazón. Le dijo: "Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme" (Mt. 19:21).

 

Con esta instrucción, Jesús expuso la raíz de su problema: su apego a las riquezas. El pecado también lo había engañado, el joven creía ser justo, pero su corazón estaba dominado por la codicia, era incapaz de amar a Dios por encima de sus posesiones. Al escuchar esto, el joven se fue triste, porque tenía muchas riquezas (Mt. 19:22).

 

12 De manera que (Sin embargo) la ley a la verdad (en sí misma) es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.

Para que nadie malinterprete su enseñanza, Pablo afirma con contundencia la Ley es santa, justa y buena, para dejar claro que el problema no está en la Ley, sino en el pecado que habita en el ser humano.

 

El mandamiento es santo. Porque refleja el carácter de Dios (la perfecta moral de Dios).

 

El mandamiento es justo. Porque muestra lo que es correcto y es imparcial (sin favoritismos).

 

El mandamiento es bueno. Porque busca el bienestar del ser humano (una vida en comunión con Dios).

 

13 ¿Luego (Pero) lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera (¡Claro que no!); sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno (El pecado usó lo que es bueno para lograr mi condena de muerte), a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso (así, por el mandamiento, quedó demostrado lo terriblemente malo que es el pecado).

¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera. Pablo hace una pregunta retórica para anticipar un malentendido: ¿Si la Ley es buena, entonces es culpable de nuestra muerte espiritual? La respuesta es no. La Ley no causa la muerte espiritual, la ley solo expone el pecado, y es el pecado el que sí produce la muerte como dice Romanos 6:23 Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

 

Sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno. El pecado es tan perverso que usa incluso algo bueno, como la Ley, para lograr sus fines destructivos, esto solo muestra cuán profundamente corrupto es el corazón humano como dice Jeremías 17:9 Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?

 

A fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso. El mandamiento hace que el pecado se vea como lo que realmente es: “extremadamente pecaminoso” "excesivamente maligno" o "intensamente pecaminoso". La Ley hace que el pecado quede al descubierto en toda su gravedad.

 

Conclusión: Apreciar la SANTA, JUSTA Y BUENA LEY de nuestro gran Dios, en el conflicto del cumplimiento completo de su propósito.

 

 

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