Mi Función
Salmo 119:121-128
Objetivo: Entender que es tiempo de actuar como siervos de Dios, validando la Palabra de Su Justicia a través de nuestra vida.
Versículo para atesorar: “Tiempo es de actuar, oh Jehová, porque han invalidado tu ley.” Salmo 119:126
Introducción: En esta decimosexta estrofa del Salmo 119, marcada por la letra hebrea Ayin (ע), el salmista apela a la justicia divina desde una identidad de siervo. No reclama mérito salvífico, sino que presenta su integridad como evidencia de la gracia. Ante la opresión, busca la intervención de Dios para validar Su Palabra mediante una vida de sincera obediencia y rectitud.
Vv. 121-122. Mis opresores
V. 121. “Juicio y justicia he hecho; no me abandones a (no me dejes en manos de) mis opresores (enemigos).”
Juicio y justicia he hecho. “Juicio” aquí es la idea de actuar con rectitud en decisiones y con un estándar correcto, mientras que “justicia” es la práctica de lo que es recto y conforme a lo bueno. El salmista afirma que su vida no es una vida de engaño o abuso, sino de integridad.
Esto no significa que el salmista pretenda justicia propia para justificarse ante Dios. Más bien, es el fruto visible de una vida bajo la Palabra, como dice Proverbios 10:9 El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado. Los siervos de Dios pueden apelar a su integridad como evidencia de una conciencia limpia, no como mérito.
No me abandones a mis opresores. La palabra “opresores” describe a quienes abusan, aplastan, explotan o persiguen. En esta petición el salmista reconoce una verdad clave: si Dios retira su amparo, el justo queda vulnerable. Es la misma petición que hace el Rey David en el Salmo 27:12 No me entregues a la voluntad de mis enemigos; porque se han levantado contra mí testigos falsos, y los que respiran crueldad. Dios no es indiferente a la opresión. A veces permite pruebas, pero nunca abandona a los suyos en el sentido de desamparo final, como dice el Salmo 34:19 Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová.
Integridad no es perfección, es sinceridad obediente. El salmista no está diciendo: “merece que me salves de mis opresores porque soy bueno”. Está diciendo: “Señor, tú sabes que he procurado justicia. Por tanto, sé mi defensor”.
V. 122. “Afianza (Garantiza) a tu siervo para bien; no permitas que los soberbios me opriman (molesten).”
El salmista pide ahora algo más profundo: no solo protección externa, sino estabilidad para hacer el bien y límite a la opresión de los soberbios.
Afianza a tu siervo para bien. “Afianza” es una petición de seguridad, garantía, respaldo. El salmista reconoce: si Dios no lo sostiene, él no podrá mantenerse firme ni hacer el bien. El salmista no ora pidiendo que le sea quitado el problema, sino que sea afianzado para el bien; es decir, pidiendo que, cuando hay presión en trabajo, familia o ministerio, sea guardado de reaccionar en la carne, y no pagar mal por mal (Rom. 12:17), sino que su corazón sea sostenido para responder con verdad y mansedumbre.
Aquí vemos una doctrina preciosa: la perseverancia del creyente es real, pero es por la gracia preservadora de Dios, misma petición que hizo en el Salmo 119:116a Susténtame conforme a tu palabra, y viviré…
No permitas que los soberbios me opriman. Los “soberbios” son los que se exaltan contra Dios y, por eso, pisotean a otros. La soberbia horizontal casi siempre nace de una soberbia vertical: rechazan el señorío de Dios y se sienten con derecho a dominar, pero Dios los resiste como dice Santiago 4:6 Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Dios a veces permite la prueba, pero nunca permite que el mal tenga la última palabra sobre sus hijos.
El salmista no se apoya en su fuerza. Se identifica como “tu siervo”: propiedad del Señor, dependiente del Señor, llamado a obedecer al Señor.
Cristo es el Siervo perfecto. Él fue oprimido por hombres soberbios, pero el Padre vindicó su causa en la resurrección. En Cristo, podemos pedir con confianza: “Afíanzame”, porque Dios te recibe en el Amado.
V. 123. Mi desfallecimiento
V. 123. “Mis ojos desfallecieron (se consumen, se nublan) por tu salvación, y por la palabra (promesa) de tu justicia.”
El salmista describe una espera intensa y prolongada.
Mis ojos desfallecieron por tu salvación. “Desfallecieron” expresa agotamiento, como cuando alguien espera mirando al horizonte hasta cansarse. La imagen es poderosa: la fe puede estar cansada, pero sigue mirando a Dios. El salmista apunta su máximo anhelo: la salvación final, no solo espera lo “saque del problema”, sino la redención completa. Una expresión parecida la encontramos de David en el Salmo 27:13 Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes.
Y por la palabra de tu justicia. El salmista no espera una salvación inventada por sus emociones, sino la que Dios promete. La “palabra de tu justicia” es la Palabra que es recta, fiel, y que declara lo que Dios hará conforme a Su carácter, conforme a lo que Dios ha dicho, como dice Hebreos 10:23 Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.
En este versículo, el salmista nos enseña que, como siervos, podemos experimentar fatiga real, tristeza real y presión real, sin que eso signifique abandono de Dios. La perseverancia no es “nunca pasar dificultades”, sino seguir esperando.
Vv. 124-125. Mi capacitación
V. 124. “Haz con tu siervo según tu misericordia, y enséñame tus estatutos.”
Para el salmista, la misericordia no es solo alivio, es formación.
Haz con tu siervo según tu misericordia. “Tu siervo” expresa pertenencia: el salmista se coloca bajo el señorío de Dios. “Según tu misericordia” es el fundamento: Dios actúa conforme a su carácter compasivo.
Misericordia en el AT suele relacionarse con el amor leal del pacto. No es un “favorcito”, es el compromiso fiel de Dios con los suyos, como dice Lamentaciones 3:22 Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias.
Y enséñame tus estatutos. Notemos el orden: primero pide misericordia, luego enseñanza. Para el siervo, la misericordia de Dios no termina en perdón: continúa en santificación, en disciplina amorosa y en dirección por la Palabra. El salmista no pide solo que se vaya el dolor; pide aprendizaje. Eso es madurez espiritual.
Dios muestra misericordia perdonando, pero también enseñando y corrigiendo. La misma idea que dijo en el Salmo 119:88 Vivifícame conforme a tu misericordia, Y guardaré los testimonios de tu boca. Una misericordia que nunca instruye produce creyentes frágiles. Una enseñanza sin misericordia produce legalistas. Dios une ambas.
A veces Dios es misericordioso al decir “no”, al cerrar puertas o al corregirnos. Si en eso no enseña Sus estatutos, nos está tratando con amor.
V. 125. “Tu siervo soy yo, dame entendimiento para conocer tus testimonios.”
La mente necesita luz; el corazón necesita sumisión a Dios.
Tu siervo soy yo. El salmista se presenta con humildad: pertenece a Dios, vive bajo su autoridad, y está dispuesto a obedecer. No llega como consumidor, sino como siervo.
Dame entendimiento. “Entendimiento” es capacidad de discernir y aplicar. No es solo inteligencia, es sabiduría espiritual, ya el salmista lo había pedido en el Salmo 119:18 Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley. No es que la Biblia sea oscura en sí misma, sino que el pecado oscurece el corazón. Por eso necesitamos al Espíritu, para comprender la Palabra.
Para conocer tus testimonios. Los “testimonios” son las declaraciones confiables de Dios: su verdad revelada, su carácter, su voluntad. El propósito del entendimiento es conocer la Palabra con obediencia.
Vv. 126-128. Mi guerra
V. 126. “Tiempo es (Ya es hora) de actuar, oh Jehová, porque han invalidado (quebrantado) tu ley.”
El salmista clama por intervención divina cuando la verdad es despreciada. No pide venganza personal, sino que Dios defienda la honra de Su Palabra.
Tiempo es de actuar, oh Jehová. El salmista discierne un momento crítico: la impiedad se ha vuelto abierta, sistemática, desafiante. No es un error accidental; es una rebelión continua. Esta frase muestra que hay circunstancias donde el silencio ya no es prudencia, sino peligro espiritual. El salmista apela al Señor como Juez. Vemos clamores parecidos en el Salmo 9:19 Levántate, oh Jehová; no se fortalezca el hombre; sean juzgadas las naciones delante de ti, y en el Salmo 7:6 Levántate, oh Jehová, en tu ira; álzate en contra de la furia de mis angustiadores, y despierta en favor mío el juicio que mandaste.
Porque han invalidado tu ley. ‘Invalidar’ viene del hebreo <pārar> (Strong H6565), que significa romper, frustrar, invalidar, anular, deshacer. Es tratar la ley de Dios como si no tuviera autoridad. Señala que la gente no solo desobedece, sino que trata la Ley de Dios como si pudiera “anularse”. Es exactamente lo que el pecado hace: reemplaza la autoridad divina por la autonomía humana, romo dice Romanos 1:25 ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén, y como en Isaías 5:20 ¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!
El salmista se duele por algo mayor que su comodidad: le duele que el nombre de Dios sea deshonrado. El centro de la vida cristiana es la gloria de Dios. Cuando la ley es pisoteada, el siervo clama por el honor del Rey. Esto es un celo santo, como el de Jesús cuando purificó el templo en Juan 2:17 Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.
V. 127. “Por eso he amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro.”
La respuesta del salmista cuando otros “invalidan” la ley, es que no se enfría: sino que ama más la Palabra.
Por eso he amado tus mandamientos. El “por eso” conecta con el versículo anterior: Es Porque muchos desprecian la ley (119:126), que el salmista se aferra y la ama con más determinación.
El salmista no dice de los mandamientos “los obedezco”, sino “los amo”, como lo dijo en el Salmo 119:97 ¡Oh, cuánto amo yo tu ley! todo el día es ella mi meditación.
Más que el oro, y más que oro muy puro. El oro representa lo más valioso, seguro y deseable en lo material. “Oro muy puro” intensifica: lo mejor de lo mejor. El salmista afirma que la Palabra vale más que la máxima riqueza de este mundo, como también lo dijo David en el Salmo 19:10 Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal.
V. 128. “Por eso estimé (considero) rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas, y aborrecí (no soporto) todo camino de mentira.”
El salmista tiene la convicción total sobre la rectitud de la Palabra, ya determinación de separarse moralmente del engaño.
Por eso estimé rectos todos tus mandamientos. El “por eso” vuelve a conectar lo dicho anteriormente, sobre el hecho de que muchos han invalidado la ley de Dios. Pero el salmista ama la ley, y ahora declara que todo lo que Dios manda es recto, como dice el Salmo 19:7 La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo.
Sobre todas las cosas. El salmista declara que La Palabra de Dios tiene supremacía. Está por encima de su opinión o experiencia personal, de la cultura en la que vive, de la conveniencia personal, de la tradición heredada o de la presión social.
Y aborrecí todo camino de mentira. El resultado práctico de considerar la Palabra como autoridad máxima, no es solo amar la verdad; sino rechaza el engaño.
“Camino” es estilo de vida. No habla de un tropiezo ocasional, sino de rutas, patrones, hábitos. Este aborrecimiento a lo malo, también lo encontramos en la despedida de Pablo a la iglesia de Roma, en Romanos 12:9 El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno. Amar la verdad inevitablemente produce odio al error.
Conclusión. Ser siervo en tiempos de apostasía exige validar la Palabra audible y visiblemente. Mediante la integridad y el sacrificio de alabanza, el creyente actúa como luz, glorificando al Rey mientras el mundo intenta anular Su autoridad. Nuestra función primordial es ser testimonios vivos y fieles de la soberana justicia de Dios.
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