lunes, 10 de febrero de 2025

Romanos 7:14-25 Jesucristo me librará

 

Jesucristo me librará

Romanos 7:14-25

 

Objetivo: Comprender la lucha interna entre la carne y el deseo de obedecer a Dios, y aprender a depender de Cristo para la victoria.

 

Introducción: En Romanos 7:7-13, Pablo describe su experiencia antes de Cristo, usando el tiempo pasado para relatar cómo la Ley de Dios le reveló su pecado y lo llevó a reconocer su muerte espiritual. Pero en Romanos 7:14-25, cambia al tiempo presente, por lo que probablemente está describiendo su lucha actual con el pecado.

 

En el momento de escribir esta carta, Pablo era un cristiano maduro, con más de 22 años en la fe, habiendo establecido iglesias y discipulado a muchos. A pesar de su redención en Cristo, nos muestra cómo aún enfrentaba la batalla entre su carne y su deseo de obedecer a Dios, una lucha real para todo cristiano.

 

Desarrollo:,

Vs. 14-17. Yo soy carnal, vendido al pecado

14 Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal (meramente humano), vendido (esclavo) al pecado.

Porque sabemos que la ley es espiritual. La palabra "espiritual" significa que le pertenece al Espíritu de Dios; es decir, que es de origen divino. La Ley refleja la voluntad y el carácter santo de Dios; es santa, justa y buena (Rom. 7:12).

 

Mas yo soy carnal. No significa que Pablo viva en la carne, la palabra "carnal" proviene de la palabra griega Strong 4560 <sárkinos>, que significa “hecho de carne”, haciendo referencia a su humanidad, que ha sido afectada por la naturaleza pecadora.

 

Vendido al pecado. Aunque Pablo ha sido justificado por la fe, aún permanece en él un remanente de la vieja naturaleza pecaminosa, que es débil, que está caída y que se resiste a la voluntad de Dios. Antes de Cristo éramos completamente esclavos del pecado. Ahora en Cristo hemos sido librados de la condenación del pecado, pero seguimos batallando con las tentaciones y las influencias de nuestra carne (vieja naturaleza).

 

Aplicaciones prácticas:

1)    Debemos comprender que hay una lucha interna entre la vieja y la nueva naturaleza, de lo contrario, intentaremos luchar contra el pecado en nuestras propias fuerzas y fallaremos.

2)    Entender que los creyentes no vivimos en la carne (practicando el pecado), pero la carne (naturaleza pecadora) aún está en nosotros, y se encuentra continuamente luchando por intentar dominarnos.

3)    Debemos aprender a identificar nuestras debilidades, aquellas áreas dónde más luchamos contra el pecado, donde nuestra vieja naturaleza está tratando de hacernos pecar, y pedir la ayuda al Señor en esas áreas específicas para:

a.     Poder hacer cortes definitivos de las fuentes de tentación (Mt. 5:29-30).

b.     Pedir en oración ayuda para resistir al pecado (Stgo. 1:5).

c.     Llenar nuestra mente de la Palabra de Dios (Rom. 12:2).

d.     Compartir nuestras luchas con creyentes maduros, debemos confesarnos las ofensas unos a otros para encontrar sanidad (Stgo. 5:16).

 

15 Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco (lo que odio, lo malo), eso hago.

Porque lo que hago, no lo entiendo. La palabra "entiendo" proviene de la palabra griega Strong 1097 <ginóskó>, que significa "conocer, comprender plenamente". Pablo expresa la idea de que no logra entender completamente por qué sigue pecando a pesar de que su deseo es hacer lo correcto.

 

Pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Pablo desea, en su nueva naturaleza hacer la voluntad de Dios, pero se encuentra con una resistencia interna, su vieja naturaleza que todavía lo lleva a hacer lo que aborrece (detesta), y eso le produce frustración.

 

La carne quiere seguir con hábitos antiguos, gratificar deseos egoístas y alejarnos de Dios y este dilema es el que enfrentamos todos los creyentes; queremos obedecer a Dios, pero seguimos fallando, tenemos el deseo de hacer el bien, pero caemos en lo que odiamos. Pablo lo describe el Gálatas 5:17 Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.

 

Este batallar nos lleva en ocasiones a sentirnos frustrados y a preguntarnos: ¿Soy realmente cristiano si sigo pecando?

 

Esta la lucha con el pecado no es una señal de fracaso, por el contrario, es una buena señal, ya que es una evidencia de que el Espíritu Santo está obrando en nosotros, de que está transformando nuestro corazón y que ya no disfrutamos del pecado como antes. Antes de conocer a Cristo, pecábamos sin remordimiento. Pero ahora que el Espíritu Santo mora en nosotros, sentimos dolor cuando fallamos, lo que significa que el Espíritu Santo está activo en nuestra vida.

 

Aplicaciones prácticas:

1)    Alimentemos el espíritu en oración como le dijo Jesús a Pedro, Juan y Jacob en Mateo 26:41 Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.

2)    Evitar entornos o hábitos que fomenten el pecado y decir como Pablo “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12:10b)

3)    Rodearnos de personas que nos ayuden a crecer espiritualmente.

 

16 Y si lo que no quiero (lo que está mal), esto hago, apruebo (reconozco) que la ley es buena.

Para Pablo, su lucha interna con el pecado le confirma que la Ley de Dios es buena, ya que la Ley nos muestra el estándar de Dios y nos ayuda a diferenciar el bien del mal, y nos sigue mostrando nuestra pecaminosidad, aun cuando ya hemos sido justificados, la Ley sigue haciendo su función como dice Romanos 3:20b Por medio de la ley es el conocimiento del pecado.

 

La ley no es el problema, el problema es la vieja naturaleza vendida al pecado que habita en nosotros.

 

Aplicación práctica: Cuando como creyentes caemos en pecado:

1)    No ignores el pecado, como que no sucedió.

2)    No justifiques el pecado, dándote tu solo argumentos de tu actuar.

3)    No te sientas indigno de la gracia de Dios.

4)    Corre a Dios en arrepentimiento para confesión del pecado, recordando que tenemos un abogado lleno de gracia y de verdad como dice 1 Juan 2:1 Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.

 

17 De manera que (Entonces) ya no soy yo quien hace aquello (lo malo), sino el pecado que mora (vive, está dentro) en mí.

Pablo explica que la razón de esa lucha interna que tiene, es por el pecado que aún mora en él, La palabra "mora" proviene de la palabra griega Strong 3611<oikéō>, que significa "habitar, residir". Esto indica que el pecado (vieja naturaleza) todavía tiene una presencia permanente en la vida del creyente, pero recordemos que ya no tiene autoridad sobre él, como dice Romanos 6:14 Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.

 

Aquí, Pablo no está negando su responsabilidad por sus acciones, sino que distingue entre su identidad en Cristo y el pecado que aún habita en su carne. En Gálatas 2:20, Pablo expresa una verdad similar Gálatas 2:20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. El pecado no es nuestra identidad, es nuestra ex-identidad, nuestra identidad actual está en Cristo, pero el pecado (vieja naturaleza) si influye todavía en nuestras decisiones y deseos.

 

En otras palabras, Pablo no está diciendo: "No es mi culpa, es el pecado en mí." Lo que sí está diciendo es: "Mi identidad es en Cristo, pero todavía lucho contra la influencia del pecado en mi carne."

 

Los creyentes tenemos una doble naturaleza morando permanentemente en nosotros, ciertamente somos una nueva creación como dice 2 Corintios 5:17 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas, pero el pecado que también habita en nosotros sigue intentando influenciarnos.

 

Aplicación Práctica: No normalizar el pecado en nuestra vida, el hecho de que la naturaleza pecadora more en nosotros, no debe llevarnos a rendirnos a luchar contra ella, debemos reconocer que allí esta, pero resistirla como dice Gálatas 5:16-17 Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais.

 

Vs. 18-20. En mi carne, no mora el bien

18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne (naturaleza pecaminosa o débil), no mora (reside, existe) el bien; porque el querer el bien (lo correcto) está en mí, pero no el (no soy capaz de) hacerlo.

19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.

20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora (vive, está dentro) en mí.

Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien. Pablo reconoce que, por sí misma la carne (vieja naturaleza), la naturaleza humana caída, es incapaz de vivir en santidad y de producir el bien que agrada a Dios, las mayores obras de justicia de la humanidad sin Cristo, delante de Dios vienen a ser como trapos de inmundicia (Is. 64:6).

 

Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Pablo quiere hacer el bien, lo que demuestra que ha sido transformado por Cristo, sin embargo, admite que su deseo no siempre se traduce en acción. La naturaleza pecaminosa es un obstáculo para la obediencia que anhela. El puro deseo de hacer el bien no es suficiente, con buena voluntad, pero sin acciones concretas, no nos llevará a la victoria en esta lucha.

 

Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Pablo reitera la frustración de los creyentes, queremos vivir en santidad, pero seguimos cayendo en los mismos errores, deseamos obedecer a Dios, pero seguimos luchando con tentaciones y malos hábitos. Nos proponemos cambiar, pero nos encontramos haciendo lo que no queremos hacer.

 

Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Al igual que en le versículo 17, Pablo reitera la dual naturaleza de todo creyente, que hemos sido transformados por Cristo, pero todavía vivimos en un cuerpo caído con una inclinación al pecado y que, por eso, hay una lucha constante entre el Espíritu y la carne.

 

Aplicación Práctica: No pensar que con buenos deseos las cosas van a cambiar, ni confiar en nuestras propias fuerzas avanzaremos, no podemos simplemente “echarle más ganas” o querer tener “más fuerza de voluntad”, ya que como estamos aprendiendo, el pecado no es solo una decisión externa solamente, sino una lucha interna con nuestra naturaleza caída, por lo que la única manera de vencer es depender diariamente del Señor, como Jesús mismo dijo en Juan 15:5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.

 

Vs. 21-23. El mal está en mí

21 Así (Me doy cuenta) que, queriendo yo hacer el bien, hallo (encuentro) esta ley: que el mal está en mí (a mí alcance).

22 Porque según el hombre interior (profundo de mi corazón), me deleito en (amo) la ley de Dios;

23 pero veo otra ley (otro poder) en mis miembros (dentro de mí), que se rebela (está en guerra) contra la ley de mi mente (capacidad de razonar), y que me lleva cautivo (preso) a la ley del pecado que está en mis miembros (dentro de mí).

Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Pablo Anhela con toda intención de hacer el bien, pero el problema es el pecado que todavía reside en la carne. Aquí no se refiere a la Ley de Dios, sino a un principio constante, a una regla espiritual que todos los creyentes tendremos y que no cambia; que el pecado siempre se opone a los esfuerzos del creyente por hacer el bien.

 

Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios. La frase "hombre interior" proviene de las palabras griegas Strong 2080 y 444 <esō ánthrōpos>, que significa "el ser interior del hombre”, y se refiere a la parte regenerada del creyente, a su naturaleza espiritual renovada,  al espíritu que ha sido vivificado por Dios.

 

Pablo, en su hombre interior, que ha sido transformado, ahora tiene un deseo genuino de hacer la voluntad de Dios y se deleita en la Ley de Dios, de la misma manera que lo hacían aquellos que describe el Salmo 1:2 Sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche, o como escribe el salmista en el Salmo 119:97 ¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación.

 

Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente. Hay dos leyes en conflicto, mientras que el hombre interior de Pablo ama la Ley de Dios, y desea obedecerla, sigue habitando en un cuerpo corrupto otra ley o fuerza que se rebela a la ley de Dios; se oponen, hacen guerra en su mente, allí es el verdadero campo de batalla espiritual.

 

Pablo describe el conflicto entre la carne y el Espíritu en el proceso de santificación. Esta lucha no es evidencia de una fe débil, o una señal de derrota, sino de una fe genuina y de una vida espiritual en los creyentes.

 

Y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. Pablo no está diciendo que es esclavo del pecado, sí reconoce que su carne todavía lo lleva hacia la tentación y la batalla contra el pecado es real.

 

Nuestro cuerpo aún es afectado por el pecado, pero no debemos rendirnos a sus deseos, como Pablo dijo en Romanos 6:3 Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios.

 

Aplicaciones Prácticas:

1)    Un verdadero creyente no ve la Ley de Dios como una carga, sino como un deleite, pero tampoco le sorprende la oposición que pecado le presenta, sabe que es parte de su vida cristiana.

2)    Debemos entender que la santificación no es un evento único, sino un proceso progresivo, en la cual, aunque ya hemos sido regenerados por Cristo, seguimos luchando contra nuestra naturaleza pecaminosa hasta la glorificación como dice Filipenses 1:6 estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.

 

V. 24. ¿Quién me librará?

24 ¡Miserable (Desdichado) de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte (que me hace pecar y me separa de Dios)?

¡Miserable de mí! La palabra "miserable" proviene de la palabra griega Strong 5005 <talaiporos>, que significa "desdichado, angustiado, desesperado". Pablo describe la desesperación de los creyentes ante su incapacidad de vencer el pecado por ellos mismos, esa es la realidad de la naturaleza caída del hombre.  

 

¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La expresión "cuerpo de muerte" se refiere a la naturaleza caída y pecaminosa que aún llevamos.

 

En tiempos romanos, una sentencia de muerte cruel consistía en atar un cadáver al condenado, lo que causaba su lenta descomposición y muerte. Pablo usa esta imagen para describir cómo el pecado es como un "cuerpo muerto" atado a él y como anhela la liberación final, que ocurrirá en la glorificación cuando recibamos cuerpos transformados y libres del pecado, como dice Filipenses 3:21 el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.

 

Pablo no pregunta “¿qué” me librará?, porque no es una técnica, un método o un esfuerzo humano lo que puede liberarnos. Él pregunta “¿quién?”, reconociendo que la única solución es una persona: Jesucristo.

 

V. 24. Jesucristo me librará

25 Gracias doy a Dios, por (la respuesta está en) Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente (entiendo) sirvo (que debo obedecer) a la ley de Dios, mas con la carne (naturaleza pecadora obedece) a la ley del pecado.

Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Jesucristo es la respuesta a ese clamor de desesperación del anhelo de ser librado del “cuerpo de muerte”, de esa lucha con el pecado. Pablo no se queda en la desesperación, sino que exalta la victoria en Cristo,  en una declaración de gratitud a Dios porque esa victoria ya está asegurada en Cristo como diría él mismo en 1 Corintios 15:57 Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado. Pablo resume nuestra lucha interna, que, por un lado, con nuestra mente renovada (hombre interior regenerado), deseamos obedecer a Dios, y por el otro lado, nuestra carne (la naturaleza caída), siente atracción del pecado.

 

El Señor no nos deja sin esperanza, la clave está en vivir por el Espíritu y no por la carne como aprenderemos en Romanos 8:1-2 1Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. 2Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

 

Aplicación Práctica final:

1)    El pecado es como un peso muerto que nos destruye si tratamos de cargarlo nosotros mismos.

2)    Cristo es la única solución. Nuestra libertad no está en nuestro esfuerzo, sino en rendirnos completamente a Jesucristo Señor nuestro y experimentar Su poder trasformador. Juan 8:36 Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.

 

Conclusión: Comprender la lucha interna entre la carne y el deseo de obedecer a Dios, y aprender a depender de Cristo para la victoria.

 

martes, 4 de febrero de 2025

Romanos 7:7-13 La ley y el pecado

 

La ley y el pecado

Romanos 7:7-13

 

Objetivo: Apreciar la SANTA, JUSTA Y BUENA LEY de nuestro gran Dios, en el conflicto del cumplimiento completo de su propósito.

 

Versículo a memorizar: De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno. Romanos 7:12

 

Introducción: Pablo enseñó que antes estábamos esclavizados al pecado, pero al morir con Cristo hemos sido liberados de la ley y ahora servimos a Dios con un corazón transformado.

 

Para explicar este concepto, usó la ilustración del matrimonio: así como la muerte de un esposo libera a la esposa de la ley matrimonial, nuestra muerte con Cristo nos libera del dominio de la ley. La ley solo tiene autoridad sobre los vivos, pero cuando morimos en Cristo, su condenación ya no nos afecta.

 

Antes, nuestras acciones llevaban a la muerte porque la ley revelaba el pecado sin poder cambiar el corazón. Sin embargo, ahora, por la obra de Cristo, llevamos fruto para Dios en santificación. Este fruto se refleja en un carácter transformado, obediencia a la justicia y amor al prójimo.

 

Ya no buscamos obedecer la ley para justificarnos o por temor a la condenación, sino con amor y bajo la guía del Espíritu Santo; ya no vivimos bajo un sistema de reglas externas, sino que servimos a Dios con un corazón regenerado, guiados por el Espíritu, con el propósito de llevar fruto para Dios.

 

Desarrollo:

7 ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado (La Ley de Dios es pecaminosa)? En ninguna manera (¡Claro que no!). Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.

¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? Pablo ha estado explicando como nuestro viejo hombre ha muerto a la condenación de la ley, pero como ha usado frases como; “Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom 5:20), “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Rom. 6:14), y “de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra” (Rom. 7:6), se anticipa a una posible mala interpretación que alguien le pudiera dar a sus palabras pensando que, si la ley nos condenaba, entonces la ley es mala en sí misma, por tanto, la ley es pecado.

 

En ninguna manera. Por lo que Pablo niega categóricamente esta idea con su ya clásica expresión en griego μὴ γένοιτο <mē genoito>, con el que quiere expresar una fuerte negación a una idea equivocada, en un rechazo absoluto o repudio a tal idea, Algunas traducciones que intentan reflejar la fuerza de esta expresión la traducen como: "¡Por supuesto que no!", "¡Jamás!", "¡Que nunca sea así!", "¡Dios no lo quiera!", "¡Imposible!"

 

Pero yo no conocí el pecado sino por la ley. La ley no es pecado, sino que tiene la función de revelar el pecado en el hombre como Pablo ya había dicho en Romanos 3:20 a que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado, y en Romanos 5:20 Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia, y que una vez que nos muestre que somos pecadores, nos damos cuenta de la necesidad de un salvador, la Ley lleve a cabo su propósito final que es el de llevarnos a Cristo como dice Gálatas 3:24 De manera que la ley ha sido nuestro ayo (guía), para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe.

 

Porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Pablo elige el décimo mandamiento, el de  “No codiciarás” (Éx. 20:17) como ejemplo para demostrar que el pecado no es solo una cuestión externa de conducta, sino también de deseos internos. Los otros nueve mandamientos regulan acciones externas, acciones visibles que se pueden juzgar y castigar socialmente; sin embargo, la codicia es completamente interna, un deseo oculto en el corazón, que puede existir sin que nadie lo note.

 

La palabra "codicia" viene de la palabra griega Strong 1939 <epithumía>, que significa un deseo ardiente, o un anhelo desordenado. Ese deseo desmedido puede ser a tener poder, placeres, reconocimiento, bienes materiales, relaciones prohibidas, etc.,

 

Ese deseo desmedido nos hace sentir insatisfechos con lo que Dios nos ha dado y nos impulsa a buscar complacerlo sin importar las consecuencias, y es cuando se vuelve la raíz de muchos pecados como; adulterio, idolatría, envidia, engaño, etc.

 

Adán y Eva codiciaron ser como Dios y cayeron en pecado (Gn. 3:6). Los hermanos de José codiciaron el trato especial que Jacob le daba, al grado de envidiarle, aborrecerle y venderle (Gn. 37:11). Acán codició posesiones y tomó un manto babilónico, monedas de plata, y un lingote de oro, en abierta desobediencia a lo que Dios les había dicho y trajo juicio sobre él y sobre el pueblo de Israel (Jos. 7:20-21). El Rey David codició placer y se unió a Betsabé, cometiendo adulterio y posteriormente asesinato (2 Sam. 11:2-4). Absalón codició poder, quería el reinado de su padre David, se rebeló y se autoproclamó rey (2 Sam. 15-13-14).

 

8 Mas (Pero) el pecado, tomando ocasión por (usó, aprovechó) el mandamiento, produjo (despertando) en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto (no tendría poder).

Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia. Pablo presenta al pecado como una fuerza activa y engañosa que se aprovecha de los mandamientos para provocar a nuestra naturaleza pecaminosa para incitarla a pecar.

 

Como si la Ley fuera un cartel de "No tocar", y el pecado nos enseña ese cartel como una provocación, sabiendo que nuestra humanidad rebelde codiciará; es decir, deseará desmedidamente hacer lo prohibido.

 

Este efecto lo vemos desde el Génesis, Dios les dio a Adán y Eva una sola prohibición: "No comerás del árbol del conocimiento del bien y del mal" (Gn. 2:17). Satanás usó esa prohibición como una provocación diciéndoles "Seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal" (Gn. 3:5). Eva codició lo prohibido (Gn. 3:6), mostrando que la Ley (el mandamiento de Dios) no la libró del pecado, sino que despertó el deseo de desobedecer .

 

Porque sin la ley el pecado está muerto. Esto no significa que el pecado no exista sin la Ley, sino que sin la Ley no somos plenamente conscientes de nuestra condición pecaminosa.

 

El pecado ya está en nosotros por naturaleza como dijo David en el Salmo 51:5 He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre, y como lo dice Pablo en Efesios 2:3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás, la Ley lo único que hace es que revela el pecado y lo hace evidente en nosotros.

 

9 Y yo sin la ley vivía en un tiempo (Hubo un tiempo en que viví son entender la ley); pero venido el mandamiento, el pecado revivió (cobró vida) y yo morí (me di cuenta que era pecador).

Pablo describe ahora su experiencia personal con la Ley y cómo esta lo llevó a darse cuenta de su muerte espiritual.

 

Y yo sin la ley vivía en un tiempo. Pablo no está diciendo que alguna vez estuvo completamente sin la Ley, ya que era judío y conocía la Ley desde niño, el mismo dio testimonio de eso cuando dijo que había sido “circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín” (Fil. 3:5a).  Pablo se refiere a un tiempo en su vida en el que no comprendía realmente la profundidad de la Ley y no se veía a sí mismo como pecador, sino que se veía como “hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible (en obediencia al pie de la letra)” (Fil. 3:5b-6).

 

Pero venido el mandamiento, el pecado revivió. Cuando Pablo comprendió el verdadero propósito de la Ley, se dio cuenta de que era pecador. La palabra griega para "revivió" viene de la palabra griega Strong 326 <anézaó>, que significa “cobrar vida, volverse activo nuevamente", lo que implica que el pecado siempre estuvo allí, pero la Ley lo hizo evidente y lo intensificó.

 

Y yo morí. Antes de comprender la Ley, Pablo se veía justo. Pero cuando entendió la Ley en su verdadera profundidad, que la Ley no podía salvarlo, sino que, por el contrario, lo condenaba, se dio cuenta de que estaba muerto espiritualmente en pecado.

 

10 Y hallé (Entonces me di cuenta) que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte;

Aunque la ley de Dios fue dada para guiarnos a la vida como dice el Salmo 19:7-8 7La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. 8Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos, nos termina condenando porque nadie puede cumplirla perfectamente. De la misma manera que Dios les dio un mandamiento a Adán y Eva para vida, pero su desobediencia trajo muerte (Gn. 2:16-17). Por lo que podemos concluir que el mandamiento no es malo, el problema es el pecado habita en nosotros, no es sino hasta que tenemos vida espiritual que podremos decir las palabras del salmista en el Salmo 119:97 ¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación, y en el Salmo 119:103 ¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca.

 

11 porque el pecado, tomando ocasión por (usando, aprovechando) el mandamiento, me engañó, y por él me mató (me alejó de Dios).

Pablo relata su experiencia personal. Antes de su encuentro con Cristo, él creía que su cumplimiento estricto de la Ley lo hacía justo delante de Dios. Sin embargo, esa era una mentira del pecado. El pecado lo había engañado haciéndole creer que su religiosidad externa y su moralidad eran suficientes para obtener la salvación. El mismo se confesaba que en cuanto a la ley era “irreprensible”; es decir que, según los estándares humanos y religiosos, nadie podía señalarlo por no cumplir la Ley.

 

La estrategia del pecado es el engaño: Pablo pensaba que su linaje, educación, celo religioso y comportamiento moral eran suficientes para estar en paz con Dios. El pecado lo había convencido de que su auto-justicia era la clave de su salvación.

 

Pablo creía que estaba espiritualmente vivo, sin embargo, cuando el Espíritu Santo abrió sus ojos (especialmente después de su encuentro con Cristo en Hechos 9), pudo comprender la verdadera profundidad de la Ley. El mandamiento "No codiciarás" (Rom. 7:7) le mostró que la Ley no solo regulaba comportamientos externos, sino que juzgaba las intenciones del corazón, que el pecado no es solo una acción externa, sino una actitud interna del corazón y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba muerto espiritualmente. Por eso, una vez que conoció a Cristo, pudo escribir Filipenses 3:7-9 7Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. 8Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, 9y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe.

 

Este mismo principio lo encontramos en Isaías 64:6 Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.

 

De manera similar a lo que le ocurrió a Pablo, el joven rico se acercó a Jesús con la pregunta: "¿Qué bien haré para tener la vida eterna?" (Mt.19:16). Su enfoque estaba en hacer algo para obtener la salvación, confiando en sus propias obras.

 

Jesús le respondió que debía guardar los mandamientos, y mencionó varios de ellos relacionados con acciones externas: "No matarás, no cometerás adulterio, no hurtarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt. 19:18-19). Sin embargo, Jesús omitió intencionalmente el mandamiento interno: "No codiciarás."

 

El joven, seguro de su cumplimiento externo, respondió: "Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?" (Mt. 19:20). Aquí es donde Jesús confronta su corazón. Le dijo: "Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme" (Mt. 19:21).

 

Con esta instrucción, Jesús expuso la raíz de su problema: su apego a las riquezas. El pecado también lo había engañado, el joven creía ser justo, pero su corazón estaba dominado por la codicia, era incapaz de amar a Dios por encima de sus posesiones. Al escuchar esto, el joven se fue triste, porque tenía muchas riquezas (Mt. 19:22).

 

12 De manera que (Sin embargo) la ley a la verdad (en sí misma) es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.

Para que nadie malinterprete su enseñanza, Pablo afirma con contundencia la Ley es santa, justa y buena, para dejar claro que el problema no está en la Ley, sino en el pecado que habita en el ser humano.

 

El mandamiento es santo. Porque refleja el carácter de Dios (la perfecta moral de Dios).

 

El mandamiento es justo. Porque muestra lo que es correcto y es imparcial (sin favoritismos).

 

El mandamiento es bueno. Porque busca el bienestar del ser humano (una vida en comunión con Dios).

 

13 ¿Luego (Pero) lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera (¡Claro que no!); sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno (El pecado usó lo que es bueno para lograr mi condena de muerte), a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso (así, por el mandamiento, quedó demostrado lo terriblemente malo que es el pecado).

¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera. Pablo hace una pregunta retórica para anticipar un malentendido: ¿Si la Ley es buena, entonces es culpable de nuestra muerte espiritual? La respuesta es no. La Ley no causa la muerte espiritual, la ley solo expone el pecado, y es el pecado el que sí produce la muerte como dice Romanos 6:23 Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

 

Sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno. El pecado es tan perverso que usa incluso algo bueno, como la Ley, para lograr sus fines destructivos, esto solo muestra cuán profundamente corrupto es el corazón humano como dice Jeremías 17:9 Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?

 

A fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso. El mandamiento hace que el pecado se vea como lo que realmente es: “extremadamente pecaminoso” "excesivamente maligno" o "intensamente pecaminoso". La Ley hace que el pecado quede al descubierto en toda su gravedad.

 

Conclusión: Apreciar la SANTA, JUSTA Y BUENA LEY de nuestro gran Dios, en el conflicto del cumplimiento completo de su propósito.

 

 

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Jesús en el Libertador Rechazado Hechos 7:17-43 Objetivo: Observar la tragedia de rechazar al Libertador enviado por Dios. Versículo para at...